2026-03-20
De un chispazo nació una apuesta para cambiar el destino de niños y jóvenes en Manizales
La iniciativa surgió en 2016, cuando John Nelson Cardona González, ingeniero electrónico de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Manizales, vio cómo la violencia y el consumo de sustancias marcaban la vida de muchos jóvenes del sector, por lo que decidió enseñarles lo que él sabía sobre electrónica.
“Muchos de los pelados que murieron en esa época eran amigos míos. Entonces empecé a pensar cómo podíamos cuidar a los niños para que no siguieran ese mismo camino”, recuerda el ingeniero Cardona.
El consumo de drogas suele comenzar en la adolescencia. Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, alrededor del 5,3 % de los jóvenes de 15 a 16 años consumió cannabis en el último año, una tendencia que también se refleja en el país.
De otra parte, el “Estudio de monitoreo de sustancias 2022”, del Ministerio de Justicia y del Derecho, indica que en Colombia más de 3 millones de personas han probado sustancias psicoactivas, con una prevalencia importante de marihuana, y en territorios como Caldas la situación preocupa especialmente entre los más jóvenes: el 11,8 % de los adolescentes entre 12 y 18 años ya ha consumido, mientras que al 25,1 % les han ofrecido alguna vez estas sustancias.
Aprender para cambiar el rumbo
Tecnología para abrir oportunidades
El programa ofrecido por Chispas de Esperanza tiene una duración de 4 años, durante los cuales los participantes asisten semanalmente a sesiones de formación. Actualmente participan 32 niños, organizados en dos grupos. En ese proceso aprenden desde conceptos básicos de electrónica —como circuitos en serie y paralelo— hasta programación, reutilización de componentes y desarrollo de pequeños proyectos automatizados que les permiten entender cómo funciona la tecnología que usan a diario.
“Queremos que comprendan que lo que parece automático tiene un funcionamiento detrás, y que ellos también pueden construirlo”, explica Lucas David Díaz Moncada, estudiante de Ciencias de la Computación y hoy formador del programa.
En este proceso también participa Juan Fernando Montoya Ortiz, estudiante de Ingeniería Eléctrica de la UNAL Sede Manizales, quien acompaña las sesiones de formación técnica y el desarrollo de proyectos tecnológicos.
Un espacio para sentirse y proyectarse
Además de la formación científica, el proyecto incluye un componente social enfocado en el desarrollo emocional de los niños. En las primeras etapas trabajan el reconocimiento de emociones como la frustración o la tristeza, y más adelante reflexionan sobre su proyecto de vida y su lugar en la comunidad.
La trabajadora social Érika Ríos Jiménez, coordinadora de Innovación Social del proyecto, explica que este acompañamiento es fundamental cuando los niños crecen en expuestos a dinámicas de violencia o consumo de sustancias.
“Son contextos en donde la rabia aparece muchas veces y con mucha fuerza, mientras emociones como el afecto o la ternura se esconden. Nuestro objetivo es que Chispas de Esperanza sea un espacio seguro en donde los niños puedan expresar lo que sienten”, señala.
Uno de los logros más destacados del programa es que algunos de los niños que terminaron el proceso han regresado como formadores. Es el caso de Lucas David, quien comenzó como estudiante cuando el proyecto apenas iniciaba, y hoy acompaña a las nuevas generaciones.
“Chispas de Esperanza nos enseñó que el mundo no termina en el barrio. Nos mostró que existen universidades y otras oportunidades a las que también podemos llegar”, destaca.
Hasta ahora 9 participantes en el proceso han ingresado a la educación superior, en carreras relacionadas con ingeniería, trabajo social y otras áreas. Además, cerca de 10 estudiantes universitarios, especialmente de la UNAL, han participado como voluntarios o formadores dentro del proyecto.
Actualmente Chispas de Esperanza cuenta con espacios tipo makerspace, entre ellos un laboratorio de electrónica, un área de reciclaje tecnológico y un invernadero inteligente en desarrollo. Allí los niños no solo aprenden, sino que además experimentan con soluciones reales, controlando variables como la luz o el riego mediante sensores y programación.
La idea es que controlen estos sistemas desde computadores o dispositivos móviles, y que sepan que la electrónica y la programación sí se pueden aplicar a soluciones reales.
El programa es gratuito para las familias y se sostiene gracias a donaciones, trabajo voluntario y convocatorias de extensión universitaria. “El propósito sigue siendo claro: nuestro sueño es que los niños puedan imaginar un futuro distinto al que muchas veces les muestra su entorno. Si logramos que vean otras posibilidades, ya estamos cambiando algo”, concluye el ingeniero Cardona.
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